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El ciberacoso (ciberbullying) representa una forma de violencia digital en la que la víctima sufre insultos, amenazas, suplantación de identidad o difusión de contenido dañino a través de internet o dispositivos electrónicos. Este tipo de agresión, especialmente común entre niños, adolescentes y personas pertenecientes a colectivos vulnerables, puede dejar secuelas profundas en la autoestima, el bienestar emocional e incluso desencadenar comportamientos autodestructivos.
Las redes sociales, donde más del 50 % de las víctimas han sido agredidas, se han convertido en uno de los escenarios principales de amenazas. Pero también ocurren a través de aplicaciones de mensajería como WhatsApp o correo electrónico. Muchas veces, estos ataques permanecen ocultos, por lo que sólo el 20 % de quienes sufren ciberacoso llega a denunciarlo.
La facilidad con la que pueden enviarse mensajes ofensivos bajo el anonimato digital convierte al entorno online en un canal privilegiado para acosadores, aumentando la gravedad del daño psicológico debido al efecto continuo y la imposibilidad de desconexión.
El ciberacoso no afecta por igual a todos los usuarios de Internet, algunos grupos y minorías son especialmente vulnerables y padecen formas de violencia digital más sistemáticas y dañinas. Entre los colectivos más golpeados se encuentran los adolescentes LGTBIAQ+. Uno de cada cuatro adolescentes LGTBIAQ+ ha sufrido acoso en línea motivado por su orientación sexual o identidad de género. El ciberacoso lgtbfóbico puede combinar difamación, suplantación de identidad, sextorsión o amenazas, con consecuencias devastadoras para la salud mental y el autoconcepto de las víctimas. Este tipo de violencia digital, muchas veces invisibilizada, perpetúa la discriminación estructural que ya viven muchos jóvenes en su entorno físico.
Igualmente, las niñas y adolescentes también están altamente expuestas al ciberacoso en redes sociales. Según datos recogidos por Panda Security, casi el 60 % de las niñas ha recibido contenido sexual no deseado y más de un 30 % ha sido víctima de acoso por su aspecto físico. El impacto se ve amplificado por estereotipos de género y la hipersexualización que circula en redes sociales. Esta exposición constante a juicios y violencia simbólica puede generar trastornos como ansiedad, depresión o trastornos de la conducta alimentaria. Además, muchas jóvenes afirman sentirse inseguras al expresarse en redes sociales, limitando su participación en espacios digitales por miedo a represalias o humillaciones públicas.
En el ámbito del videojuego, las chicas gamers enfrentan una discriminación específica. Muchas jóvenes afirman sentirse expulsadas o minusvaloradas en comunidades donde predominan actitudes sexistas, o son blanco de insultos, acoso verbal o silenciamiento. Esta hostilidad obliga a muchas a ocultar su identidad o abandonar espacios donde deberían poder divertirse y socializar en igualdad de condiciones.
Los estudiantes extranjeros también se enfrentan a mayores riesgos. En los países desarrollados, los jóvenes nacidos fuera del país son más propensos a sufrir ciberacoso que sus compañeros locales. Esta diferencia puede deberse a factores como la discriminación racial, la exclusión lingüística o el desconocimiento de los canales para pedir ayuda. A su vez, los niños de clases sociales bajas y aquellos con discapacidad física reportan tasas significativamente más altas de acoso en línea.
En el ámbito escolar, la preocupación por el ciberacoso ha crecido enormemente. Hoy en día, es considerado el principal problema de seguridad por parte del profesorado, incluso más que el acoso presencial. Esto no es de extrañar, ya que uno de cada cinco estudiantes ha dejado de asistir a clases por haber sido víctima de acoso digital. Además, las estadísticas revelan que el 25 % de los alumnos afectados recurre a la autolesión como forma de afrontar el sufrimiento. Y en los casos más extremos, el ciberacoso puede ser un factor de riesgo directo para el suicidio entre adolescentes, según varios estudios internacionales.
A nivel global, el ciberacoso se manifiesta de distintas maneras, pero su presencia es alarmante en todos los contextos. En India, el 37 % de los padres afirma que sus hijos han sufrido acoso en Internet. La tasa más alta reportada internacionalmente. En Estados Unidos, cerca del 15 % de los estudiantes reconoce haber sido víctima de ciberacoso. Mientras que en Japón, quienes lo padecen durante la adolescencia tienen más probabilidades de enfrentar problemas de salud mental y social en el futuro.
También las redes sociales juegan un papel central en la reproducción de estas violencias. Plataformas como Instagram y Facebook encabezan las estadísticas y encontramos datos alarmantes sobre el ciberacoso: el 42 % de los adolescentes ha sufrido ciberacoso en Instagram y el 37 % en Facebook. En general, el 38 % de las personas ve casos de ciberacoso diariamente en redes sociales, lo que evidencia su elevada frecuencia y su normalización en la cultura digital.
En conclusión, el ciberacoso es un fenómeno transversal. Pero afecta de forma desproporcionada a quienes ya están en situación de vulnerabilidad por razones de género, identidad sexual, nacionalidad o condición social. Las consecuencias psicológicas pueden ser graves y duraderas, y muchas veces las víctimas no reciben la atención ni el apoyo necesario. Por ello, es fundamental reforzar la educación digital, mejorar la respuesta institucional al ciberbullying y crear entornos virtuales más seguros e inclusivos.
Detectar el acoso digital puede resultar complejo, pero ciertos cambios en el comportamiento pueden ser indicadores:
Estos indicios en menores, deben servir como alerta tanto para padres como educadores.
En primer lugar, es crucial no responder con violencia. Aunque la tentación puede ser grande, cualquier reacción puede alimentar el acoso. En lugar de ello, se recomienda:
Es fundamental no silenciar la violencia por vergüenza o miedo, porque el daño puede agrandarse con el tiempo si no se actúa.
Es fundamental no silenciar la violencia por vergüenza o miedo, porque el daño puede agrandarse con el tiempo si no se actúa.
Educar desde la infancia es determinante. Enseñar a niñas y niños a cuestionar contenidos, verificar a quién se dirige, y ser conscientes de que el anonimato no los libra de consecuencias legales, es fundamental. Además, permitir que accedan a recursos digitales con límites y controles ayuda a evitar que caigan en grupos o comunidades hostiles.
La función de control parental, como Panda Dome Family, permiten a los padres supervisar el uso del móvil, limitar acceso a apps y recibir alertas sobre contenidos inadecuados, fomentando un entorno seguro.
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