Las aulas españolas están cada vez más digitalizadas. Los menores cuentan con dispositivos, plataformas, aplicaciones. Y, ahora además, herramientas de inteligencia artificial. Sin embargo, la formación en ciberseguridad no avanza a la misma velocidad que la tecnología que ponemos en sus manos. La vuelta al cole pone de manifiesto que enseñarles a protegerse en el entorno digital sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes.
La vuelta al cole también trae nuevos riesgos digitales
7 de septiembre de 2026. Vuelta al cole. Vuelta a la rutina, al despertador, a los deberes y a las extraescolares. Pero también a un ecosistema digital que revive un tipo de ciberriesgo diferente al que los menores se enfrentan en su tiempo libre y durante las vacaciones. Unas amenazas que se circunscriben a la superficie digital vinculada a la vida académica de niños, niñas y jóvenes.
“En septiembre reaparecen de golpe los ordenadores y tabletas para estudiar. Las plataformas educativas, nuevas aplicaciones, cuentas y contraseñas. Grupos de clase, mensajería entre compañeros, correo electrónico, intercambio de documentos. Y, cada vez más herramientas de inteligencia artificial”. Recuerda Hervé Lambert, Global Consumer Operation Manager de Panda Security. Y aquí aparecen riesgos muy concretos. “Uno es el robo de credenciales y de cuentas”, señala el experto. “Otros serían la hiperconexión del grupo de compañeros que puede trasladar los problemas del patio del colegio al teléfono móvil. Y viceversa; la falta de actualización de los dispositivos que vuelven a los centros educativos. Y, desde hace un par de años también la inteligencia artificial”.
Más tecnología en las aulas, más exposición digital
En España hay ya 278.449 aulas digitalizadas y se han distribuido más de 374.000 dispositivos en el marco del Plan de Digitalización de la Formación Profesional y del Sistema Educativo (programas #CompDigEdu y #EcoDigEdu). Según el último balance del Ministerio de Educación. La tecnología tampoco tiene una presencia testimonial en el día a día de los estudiantes. De acuerdo con PISA 2022, la mitad de los alumnos españoles de 15 años utilizaba herramientas digitales con fines de aprendizaje durante al menos una hora diaria dentro del centro educativo.
La vuelta al cole, por tanto, no aleja a los menores de los riesgos relacionados con el mundo digital. Sólo los cambia de lugar. “Ya lo refleja el informe PISA 2022”, subraya Lambert. “Cuando asegura que con las oportunidades educativas también aparecen nuevos desafíos. Y, apunta a que un 33% de los estudiantes españoles reconocía distraerse utilizando dispositivos digitales durante las clases de matemáticas. Mientras que un 26% aseguraba hacerlo por el uso que sus compañeros hacían de ellos”. El debate, para el experto de Panda Security. “Se debería centrar, por tanto, en cómo se utiliza la tecnología en las aulas y, sobre todo, si los menores están preparados para hacerlo de forma segura”.
Los principales ciberriesgos para los menores en el entorno escolar
Algo tan cotidiano como un correo electrónico o un mensaje que aparentemente procede del colegio, de un profesor o de una plataforma educativa puede ser el pistoletazo de salida de una ciberestafa. Un enlace para consultar las notas o acceder a un documento puede conducir a una web falsa diseñada para robar las credenciales. Un archivo adjunto que parece contener unos apuntes puede esconder malware. Un código QR colocado en un cartel o enviado al grupo de clase puede redirigir a una página fraudulenta. Y, una aplicación descargada para estudiar puede solicitar muchos más permisos de los que realmente necesita.
A estos riesgos se suman otros que tienen que ver con la propia actividad de los menores. Reutilizar la misma contraseña para la plataforma del colegio, el correo, los videojuegos y las redes sociales puede hacer que el robo de una sola cuenta comprometa las demás. Compartir fotografías, horarios, ubicación o información del centro puede revelar más datos personales de los que imaginan. Y los grupos de clase y las aplicaciones de mensajería pueden convertirse en el escenario de suplantaciones de identidad, perfiles falsos, difusión de imágenes sin consentimiento o situaciones de ciberacoso.
La inteligencia artificial añade ahora una nueva capa. Un estudiante puede introducir en un chatbot información personal, fotografías o documentos sin ser consciente de dónde terminan esos datos. Aceptar como correcta una respuesta que contiene información falsa o encontrarse con imágenes, audios y mensajes generados mediante IA cada vez más difíciles de distinguir de los auténticos. “Hay que aprender, por tanto, a cuestionar si aquello que vemos, escuchamos o leemos es realmente lo que aparenta ser”. Remarca Lambert. Para quien la formación es una de las principales vías de protección ante estas ciberamenazas.
La importancia de la formación
“Aunque la formación por sí sola no puede proteger ni a los menores ni a los adultos de los ciberataques, sí que es la única que acompaña cuando desaparecen los controles”. Apunta el experto de Panda Security. “Y ahí los datos en España muestran una situación bastante mejorable”. Se lamenta.
El ICILS 2023, publicado por el Ministerio de Educación y elaborado a partir de unos 11.800 estudiantes de segundo de ESO de 508 centros españoles, apunta precisamente en esa dirección. Aunque España obtuvo 495 puntos en competencia digital, ligeramente por encima del promedio de los países de la Unión Europea participantes en el estudio (493). El 44,4% de los alumnos españoles no alcanzó el nivel 2 de competencia digital. Es decir, prácticamente uno de cada dos.
El dato resulta especialmente significativo cuando se observa qué capacidades empiezan a exigirse en ese nivel. Entre ellas se encuentra comprender determinadas estrategias para proteger la información personal y reconocer las consecuencias que puede tener hacer públicos determinados datos. En niveles superiores aparecen habilidades todavía más relevantes para desenvolverse en el actual ecosistema digital. Como evaluar la credibilidad de las fuentes o reconocer los problemas derivados de publicar información confidencial.
Los resultados ponen en cuestión una idea que ha acompañado durante años a los llamados “nativos digitales”. Crecer rodeado de tecnología no significa necesariamente saber utilizarla de manera crítica y segura. Un adolescente puede desenvolverse con enorme soltura en una red social, un videojuego o una aplicación. Y, al mismo tiempo, no saber identificar una página de phishing, desconocer qué permisos está concediendo a una app o no valorar las consecuencias de compartir determinada información personal.
¿Dónde aprenden los menores a protegerse en Internet?
Pero ¿dónde adquieren entonces esas competencias? Parte de ese aprendizaje se produce en el colegio, donde la competencia digital forma parte ya del currículo y existen iniciativas específicas de formación en seguridad. Otra parte corresponde a las familias, que acompañan (o deberían acompañar) los primeros pasos digitales de sus hijos. Y existe una tercera escuela mucho más difícil de supervisar, la formada por amigos, redes sociales, videojuegos, creadores de contenido y la propia experiencia cotidiana en Internet.
“El problema es que hemos enseñado muy rápido a nuestros hijos a utilizar la tecnología. Pero no a comprenderla ni a protegerse dentro de ella”, resume Lambert. “Saber utilizar una aplicación no significa saber detectar que alguien está intentando engañarte”.
Aprender a protegerse antes que aprender por las malas
La solución, por tanto, no parece pasar por sacar la tecnología de las aulas. Sino por conseguir que la formación en ciberseguridad avance a la misma velocidad con la que lo ha hecho la digitalización. Si los alumnos utilizan ordenadores, plataformas educativas, correo electrónico, aplicaciones de mensajería o inteligencia artificial como parte de su aprendizaje, saber proteger una cuenta, identificar un engaño o preservar sus datos debería formar parte también de esa educación.
“No tendría mucho sentido enseñar a un alumno a utilizar una plataforma digital sin explicarle cómo proteger su contraseña. De la misma manera que no deberíamos enseñarle a utilizar una inteligencia artificial sin explicarle qué información nunca debería introducir en ella”. Sostiene Lambert. Para el experto, el objetivo no debería ser convertir a los menores en especialistas en ciberseguridad, sino proporcionarles una serie de reflejos básicos que puedan aplicar independientemente de la tecnología que utilicen.
Los hábitos digitales que los menores deben aprender
¿Y cuáles deberían ser esos reflejos? “Desconfiar de los mensajes que generan urgencia o solicitan datos personales. Detenerse antes de pulsar un enlace o escanear un código QR. Utilizar contraseñas diferentes y activar el doble factor de autenticación. Revisar qué permisos solicita una aplicación. Pensar antes de compartir fotografías, ubicación o información privada. Comprobar por otra vía quién está realmente detrás de una petición inesperada. Y aprender a cuestionar también la autenticidad de imágenes, audios y vídeos en un momento en el que la inteligencia artificial permite manipularlos con una facilidad enorme”. Aconseja el experto.
Pero hay otro aprendizaje igual de importante. “Saber qué hacer cuando todas esas precauciones fallan”. Señala Lambert. “Tenemos que enseñar a prevenir, pero también a reaccionar”, subraya. Un menor debería saber que, si ha pulsado un enlace fraudulento, entregado una contraseña, enviado una imagen que no debía o está siendo amenazado por Internet, lo primero que tiene que hacer es pedir ayuda. “Si la reacción del adulto ante cada problema digital es quitarle el móvil, corremos el riesgo de enseñarle justo lo contrario de lo que queremos: que la próxima vez no nos lo cuente”.
Una responsabilidad compartida
La formación tampoco puede descansar exclusivamente sobre los colegios. “La ciberseguridad de un menor es una responsabilidad compartida”, defiende Lambert. Los centros educativos pueden proporcionar conocimientos y trabajar situaciones reales. Las familias pueden convertir esos conocimientos en hábitos cotidianos. Las plataformas tienen la obligación de diseñar entornos adecuados a la edad y reducir los riesgos que son capaces de prevenir técnicamente. Y, las administraciones deben establecer las reglas y proporcionar recursos para que esa educación llegue a todos los menores. Independientemente del centro al que acudan o del conocimiento tecnológico de sus padres.
Eso implica también replantearse el propio control parental. Bloquear determinadas aplicaciones, establecer horarios o restringir contenidos puede ser necesario en función de la edad. Pero ninguna de esas barreras será permanente. “El objetivo del control parental debería ser que algún día deje de hacer falta”, resume Lambert. A medida que el menor gana autonomía, las restricciones deberían dejar espacio al criterio que ha adquirido para desenvolverse solo.
Septiembre puede ser un buen momento para empezar. Igual que las familias preparan libros, uniformes, ordenadores y material escolar antes del primer día de clase, Lambert propone incorporar una pequeña “ITV digital” a la vuelta al cole. Actualizar los dispositivos, eliminar aplicaciones que ya no se utilizan, revisar permisos y privacidad, comprobar las contraseñas, activar el doble factor y dedicar un tiempo a hablar en familia de los riesgos que pueden encontrarse durante el curso.
