Una recomendación de su influencer favorito puede llevar a un usuario a descubrir un restaurante, comprar unas zapatillas o reservar sus próximas vacaciones. También puede conducirle hasta una estafa. Los ciberdelincuentes han encontrado distintas maneras de aprovechar un negocio construido alrededor de las audiencias y la credibilidad de los creadores de contenido. Y no siempre necesitan contar con ellos para hacerlo.
Los influencers, un nuevo canal de estafa
A finales de mayo de 2025 saltaba a la luz la estafa masiva de 7Vuelos, una agencia de viajes falsa que ofrecía paquetes low cost a destinos exóticos. Alrededor de 90 influencers y famosos promocionaron la falsa agencia. Y, la mayoría borró las publicaciones en cuanto conocieron la estafa e intentó desvincularse culpando a sus agencias de representación por no verificar la campaña. Pero, quienes “pagaron el pato” fueron sus seguidores que, confiando en sus creadores de contenido favoritos, cayeron en la trampa sin sospechar nada.
Este es sólo un ejemplo de lo que los ciberdelincuentes pueden hacer utilizando a los influencers como “herramienta”. “Los creadores de contenido se han convertido, para los estafadores, en uno de los mejores vectores de confianza y amplificación para sus campañas fraudulentas”. Dice Hervé Lambert, Global Consumer Operation Manager de Panda Security. “Y los utilizan, incluso, sin su participación consciente, a través de suplantaciones de identidad, del compromiso de sus cuentas o el uso no autorizado de su imagen y contenido”.
El negocio que se mueve alrededor de los creadores de contenido continúa creciendo y las marcas destinan cada vez más recursos a este canal. Según el Estudio InfoAdex de la Inversión Publicitaria en España 2026, la inversión en influencers alcanzó los 128,7 millones de euros en España durante 2025. Un 23,5% más que el año anterior, cuando se situó en 104,2 millones.
El dato resulta especialmente significativo porque refleja hasta qué punto los influencers se han consolidado como un canal comercial para las empresas. Y lo que funciona para las marcas también puede resultar atractivo para los delincuentes. “Una audiencia ya construida y, sobre todo, una relación de confianza entre el creador y sus seguidores que puede ser explotada para otorgar apariencia de legitimidad a una campaña fraudulenta es muy atractivo para un estafador”. Recuerda Lambert.
Todas las maneras de “usar” a los influencers
“Un ciberdelincuente puede crear una página web, una tienda o una oferta falsa en muy poco tiempo. Pero lo que no puede fabricar con la misma facilidad es años de confianza entre un creador y su comunidad”. Explica el experto de Panda Security. “Por eso, cuando consigue apropiarse de esa confianza, ya sea engañando al propio influencer, suplantándolo o comprometiendo sus cuentas, obtiene algo enormemente valioso. Una vía directa hacia potenciales víctimas que, además, no necesariamente perciben el mensaje como una amenaza”.
Suplantar la identidad del influencer
La manera más evidente de aprovecharse de un influencer es suplantarlo. Nombre, fotografías, biografía y publicaciones están a la vista de cualquiera y pueden servir para levantar un perfil prácticamente idéntico al original desde el que promocionar falsos sorteos, inversiones o productos.
Es algo que ya está ocurriendo en España. En noviembre de 2025, la Ertzaintza alertó de la aparición en Instagram de perfiles que se hacían pasar por personajes públicos para ofrecer falsas inversiones y criptomonedas. Los delincuentes copiaban sus fotografías y biografías, utilizaban nombres similares a los de las cuentas originales y comenzaban a seguir a sus seguidores para contactar después con ellos por mensaje privado.
La suplantación de identidad digital, además, tiene un peso importante entre las consultas que reciben los organismos de ciberseguridad. Según el Balance de Ciberseguridad 2025 de INCIBE, el 14% de los usuarios que recurrieron a su Línea de Ayuda lo hicieron por algún tipo de suplantación. Ese año, el organismo gestionó 45.445 incidentes de fraude online, un 19% más que en 2024.
Robar sus cuentas para difundir estafas
Más difícil de detectar puede ser el robo de la cuenta real del influencer. El FBI lleva tiempo alertando de campañas en las que los ciberdelincuentes secuestran cuentas verificadas para distribuir estafas y enlaces maliciosos. Para conseguir el acceso pueden atacar primero al creador mediante phishing o ingeniería social.
“Desde el punto de vista de la víctima, este escenario es especialmente difícil de detectar”, señala Lambert. “El mensaje procede de la cuenta que siempre ha seguido, conserva sus publicaciones, sus seguidores y todos los elementos que asociamos con una identidad legítima. Lo que ha cambiado es quién está detrás de ella”.
El influencer también puede terminar haciendo el trabajo del estafador sin saberlo. Una falsa empresa puede contactar con él o con su agencia, contratar una campaña y conseguir que sea el propio creador quien promocione el producto o servicio fraudulento. Es, precisamente, lo que hace especialmente interesante el caso de 7Vuelos, porque los delincuentes no necesitaban hacerse pasar por los influencers si conseguían que fueran ellos mismos quienes difundieran la promoción.
Utilizar su imagen y su voz con inteligencia artificial
La imagen del creador también puede utilizarse sin pasar por sus cuentas. Fotografías y vídeos publicados en redes pueden acabar en anuncios falsos y la inteligencia artificial ha ampliado todavía más estas posibilidades. Ya no se trata únicamente de colocar la fotografía de un famoso junto a un producto que nunca ha anunciado. Su imagen y su voz pueden manipularse para hacerle decir o recomendar cosas que nunca ha dicho.
El fenómeno está evolucionando incluso un paso más. En julio de 2026, VerificaRTVE localizó en Instagram varios falsos influencers generados con inteligencia artificial que se presentaban como personas reales. Uno de los perfiles analizados superaba el millón de seguidores y otro acumulaba más de 240.000. Detrás de las fotografías de viajes, restaurantes o momentos cotidianos no había ninguna de las personas que aparecían en ellas. Algunos de estos perfiles se utilizaban para promocionar y vender productos digitales.
Para un estafador, por tanto, el influencer ya no tiene ni siquiera que existir. Basta con que la audiencia crea que existe. Y confíe en ellos.
¿Y si dejamos de creer en ellos?
Precisamente la confianza se ha convertido este verano en uno de los grandes temas de conversación alrededor de los influencers. Durante los meses de julio y agosto, TikTok, Instagram y otras redes se llenaron de vídeos que hablaban de la supuesta “caída de los influencers”. Algunos creadores perdieron miles de seguidores mientras aumentaban las críticas por el exceso de publicidad, la falta de autenticidad o la distancia entre el estilo de vida que muestran y el de buena parte de quienes los siguen.
Más que certificar el final de los influencers, el movimiento puso sobre la mesa cierto desgaste en la forma en la que algunos usuarios reciben sus contenidos comerciales.
Hay datos que ayudan a entender ese recelo. Según la 28ª edición de Navegantes en la Red, de la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), el 69,8% de los internautas encuestados considera que los influencers hacen uso o abuso de publicidad encubierta. Un 61,9% cree, además, que la mayoría de sus comentarios y publicaciones tienen carácter publicitario.
La confianza como arma para los ciberdelincuentes
Desde la ciberseguridad, ese desgaste introduce un matiz interesante. El número de seguidores de una cuenta dice mucho sobre el alcance que podría conseguir una campaña fraudulenta. Pero no necesariamente sobre su capacidad para convencer. Para un delincuente puede resultar más útil una comunidad pequeña que todavía confía en las recomendaciones de su creador que otra formada por millones de personas que han aprendido a recibirlas con escepticismo.
“Los seguidores se pueden contar, la confianza no”, apunta Lambert. “Para nosotros, el riesgo no debería medirse únicamente por el tamaño de una comunidad. También importa hasta qué punto esa comunidad confía en lo que publica el creador y está dispuesta a actuar a partir de una recomendación”.
La polémica de este verano abre, además, otra cuestión que va más allá de perder o ganar seguidores. Si recomendar un producto implica prestar a una marca parte de la credibilidad construida durante años. ¿Qué ocurre cuando aquello que se recomienda resulta ser una estafa? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad del influencer y qué debería comprobar antes de aceptar una campaña?
Los límites de la influencia
La profesionalización del sector también ha traído consigo mayores exigencias. En España, los grandes creadores están sujetos desde 2024 a una regulación específica cuando superan determinados umbrales de ingresos y audiencia. El Real Decreto 444/2024 considera usuarios de especial relevancia, entre otros requisitos, a quienes obtienen al menos 300.000 euros anuales de su actividad en plataformas y alcanzan un millón de seguidores en una de ellas o dos millones en el conjunto de las que utilizan.
La publicidad tampoco puede camuflarse como una recomendación espontánea. Sin embargo, sigue siendo una asignatura pendiente. Un análisis internacional en el que participó el Ministerio de Consumo y cuyos resultados se publicaron en junio de 2026 encontró contenido comercial en el 92% de las 228 cuentas examinadas. Solo una de cada cinco lo identificaba de forma sistemática como publicidad.
Comprobar antes de recomendar
Identificar una colaboración, sin embargo, no dice nada sobre la empresa que hay detrás. Casos como el de 7Vuelos plantean un problema distinto. Antes de poner su imagen al servicio de una campaña, el creador y quienes gestionan sus acuerdos comerciales deberían saber con quién están trabajando.
“Una colaboración debería tratarse como cualquier otra relación profesional con un tercero”, señala Lambert. “Hay que comprobar quién está detrás de la empresa, verificar que los contactos y dominios son legítimos, revisar los enlaces que se van a compartir y desconfiar de las prisas o de cualquier petición inusual de credenciales, documentos o información sensible. Cuanto mayor sea la audiencia, mayor puede ser también el impacto de no hacer esas comprobaciones”.
Estas precauciones protegen al creador frente a falsas propuestas de colaboración y reducen el riesgo de trasladar el fraude a sus seguidores. También afectan a las agencias que gestionan buena parte de estos acuerdos. Delegar la negociación no elimina la necesidad de saber qué se está anunciando y quién lo vende.
La misma cautela sirve para los seguidores. Que una promoción aparezca en una cuenta conocida no garantiza que la empresa que hay detrás sea legítima. Comprobar la dirección de la página, buscar información sobre la compañía fuera de las redes sociales, desconfiar de ofertas extraordinarias y evitar pagos o inversiones precipitadas sigue siendo necesario, por familiar que resulte la persona que aparece en la pantalla.
Al final, quizá sea esa la consecuencia más útil de la llamada “caída de los influencers”. Seguir a alguien no obliga a creer todo lo que recomienda.
